La Torre del Buen Día

En una mañana llena de luz, Mila descubre que cada pieza de la torre de los conejos puede despertar una pequeña alegría.

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Un niño apilando una pirámide de colores con una familia de conejos en una habitación luminosa por la mañana.

Mila se despertó con un rayo de sol en la nariz.

Abrió un ojo. Luego abrió el otro. La habitación estaba muy tranquila, como si aún estuviera durmiendo.

En la alfombra, esperándola, estaba la pirámide de la familia de conejos.

La pieza más grande parecía una casita rosa. La pieza azul tenía un conejo de orejas largas. La pieza verde sonreía como un pequeño prado. La amarilla brillaba como pan calentito.

Mila se sentó en el suelo y tocó la primera pieza.

— Buenos días, conejos —dijo bajito.

Nadie respondió. Claro que no. Eran conejos dibujados.

Pero Mila tenía una imaginación despierta antes del desayuno.

Puso la pieza más grande en la alfombra.

— Esta es la casa de la abuela Coneja.

Luego colocó otra encima.

— Esta es la casa del tío Conejo.

La torre quedó un poco torcida.

Mila se detuvo. Miró. Respiró.

— Despacio también cuenta —dijo ella, como decía su madre cuando los cordones no querían hacer un lazo.

Quitó la pieza y lo intentó de nuevo.

Esta vez, la casa quedó derecha.

En su cabeza, la abuela Coneja abrió una ventana.

— ¡Qué mañana tan bonita! —imaginó Mila.

Mila sonrió y buscó la siguiente pieza. Era azul, fresca como el agua.

— Aquí vive el primo Conejo, al que le gusta lavar las zanahorias.

Puso la pieza azul en lo alto de la torre.

La torre se tambaleó solo un poquito.

Mila la sostuvo con las dos manos. No se enfadó. No tuvo prisa.

Afuera, un pajarito hizo pío-pío.

— ¿Tú también quieres ayudar? —preguntó Mila.

El pajarito hizo otro pío-pío, que parecía un pequeño sí.

Entonces Mila contó con los dedos.

— Una casa. Dos casas. Tres casas.

Faltaba la pieza del tejado.

Era la más pequeña. Tenía colores dulces y parecía un gorro de fiesta.

Mila la cogió con mucho cuidado.

En ese momento, la torre tembló.

— ¡Oh!

La pieza verde se resbaló. La azul fue detrás. La casa rosa se tumbó de lado en la alfombra.

La familia de conejos quedó toda desparramada.

Mila se quedó quieta.

Luego soltó una carcajada corta.

— ¡Al final todavía estaban todos en la cama!

Empezó de nuevo.

Primero, la casa grande. Después, la casa que parecía hierba. Después, la casa azul. Después, la amarilla. Por último, el tejado.

Esta vez, la torre se levantó derecha.

Mila aplaudió suavemente, para no asustar a los conejos.

En su imaginación, una pequeña puerta se abrió en el piso de abajo. Salió un conejo con delantal.

— ¿Quién quiere papilla de avena? —preguntó él.

En el piso de arriba, otro conejo saludó con un cepillo de dientes.

— ¡Primero a lavarse los dientes!

En el tejado, el conejito más pequeño apareció con una banderita invisible.

— ¡Buenos días, mundo!

Mila levantó los brazos.

— ¡Buenos días!

La madre se asomó a la puerta.

— ¿Ya has despertado a toda la casa?

Mila señaló la torre.

— Desperté a los conejos. Primero los hice caer. Luego los hice otra vez.

La madre se sentó a su lado.

— Eso se llama intentar.

— Y contar —dijo Mila.

Contaron juntas las piezas de la pirámide.

Una. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.

Luego contaron los conejos.

Después contaron los rayos de sol en la alfombra, pero esos siempre se escapaban a otro sitio.

Mila apoyó la mejilla en la pieza más grande.

— ¿Mañana hago una torre más alta?

— Mañana haces la torre que quieras —respondió la madre.

Mila miró a la familia de conejos, todos apilados en su casita colorida.

Parecía que estaban listos para desayunar, lavarse las patas y salir a una aventura en la alfombra.

Pero primero se quedaron allí, quietecitos, guardando la mañana.

Y Mila también se quedó.

Porque a veces una torre pequeña es suficiente para que el día empiece a lo grande.

3 ideas de juegos

Torre despierta. Apilad las piezas una a una e inventad quién se despierta en cada piso: abuela coneja, bebé conejo, primo conejo u otro habitante imaginado.

Cuenta con cariño. Contad las piezas, los colores y los conejos. Luego desmontad la torre y volved a contar, celebrando cada intento sin prisa.

Casita en la alfombra. Usad cojines, telas o bloques simples para crear una pequeña aldea alrededor de la pirámide, donde la familia de conejos pueda pasear.

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La Pirámide 123 Familia de Conejos inspira juegos de apilar, contar e inventar pequeñas historias. Es una dulce presencia para momentos de descubrimiento tranquilo, con colores, números y personajes que acompañan el ritmo del niño.

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